Autocrítica destructiva vs. voz compasiva: cómo transformar el juicio interno en comprensión
A veces no necesitamos enemigos fuera: los llevamos dentro, en forma de una voz que nos juzga sin parar. Eso es la autocrítica destructiva: una voz interna que critica cada gesto, cada palabra, y que te hace sentir que cualquier error es una prueba de que “no vales”.
Lo que pensamos y lo que nos decimos a nosotros mismos daña nuestra autoestima y condiciona la manera en que nos sentimos, cómo reaccionamos y cómo nos tratamos. Nos vuelve más tensos, más inseguros, más pequeños frente al mundo que nos rodea.
Por eso, no hace falta que te grites para herirte: basta con ese murmullo constante que te recuerda lo que te falta, lo que no hiciste o lo que “deberías” haber sabido antes.
La parte positiva de todo esto es que esta voz interior que tanto daño nos hace puede suavizarse, aprender otro tono y otra forma de estar.
Resumen de contenidos
ToggleLa forma en que te hablas determina cómo te sientes
Como te hemos explicado en el apartado anterior, hay personas que nunca se gritan y viven aparentemente tranquilas. Sin embargo, conviven con una voz interior que va modelando la manera en que interpretan sus errores, sus logros y su propio valor, y que no les deja respirar.
Cuando aparece la autocrítica destructiva, acompañada de una voz crítica interna constante, la vida emocional se llena de tensión. Funcionamos, cumplimos, avanzamos… pero todo nos supone una carga difícil de sostener. No disfrutamos los logros porque ya estamos pensando en lo siguiente que deberíamos mejorar. No descansamos del todo porque sentimos que aún no hemos hecho suficiente.
La manera en que nos hablamos influye directamente en nuestro estado de ánimo, en nuestra motivación y en la capacidad que tenemos de cuidarnos. Si cada tropiezo se convierte en un juicio, nuestro bienestar se resiente. Si cada descanso se interpreta como un fallo, el cuerpo vive en alerta permanente, como si estuviera siempre rindiendo cuentas ante un tribunal interno.
No es casualidad que esta exigencia interna acabe drenando la energía, debilitando la autoestima y generando ansiedad. La forma en que te hablas puede convertirse en tu mayor fuente de presión… o en tu mayor fuente de apoyo. Este texto te ayudará a entender de dónde viene esa voz y cómo empezar a tratarte con más comprensión.
Qué es la autocrítica destructiva y cómo identificarla en ti
La autocrítica destructiva aparece cuando tu voz interior deja de guiarte y empieza a castigarte. No te acompaña desde la sinceridad y te dice qué puedes mejorar, sino que te castiga exagerando tus fallos, ignorando tus avances y convierte cualquier error en una señal de que “no eres suficiente”.
De esta manera, en lugar de ayudarte a crecer, te genera tensión, ansiedad y la sensación de caminar siempre por debajo de lo esperado.
En este tipo de autodiálogo suele aparecer en frases automáticas que aparecen sin previo aviso y se repiten una y otra vez: “Nunca lo hago bien”, “Si descanso es porque soy vaga”, “Seguro que decepciono a alguien”.
Para identificarlo, fíjate en el tono con el que te hablas y en cómo te sientes después de escucharte.
¿Te anima o te hunde?
¿Te ayuda a mejorar o te hace dudar de ti en todo?
Pregúntate también si le hablarías así a alguien a quien quieres. Si la respuesta es “no”, probablemente estás frente a una voz interna punitiva que merece ser revisada con compasión.
Autocrítica adaptativa vs destructiva
La autocrítica adaptativa actúa como una guía amable: te dice lo que no salió bien, pero sin atacarte. Es como un profesor justo que te habla de forma amable y respetuosa. Te dice cosas como “puedes mejorar esto” sin hacerte sentir incapaz.
En cambio, la destructiva, es como un juez rígido que solo ve los errores, lo que falta. Esta voz crítica te dice: “No vales”, “Siempre fallas” y esto hace que incluso pequeñas tareas —enviar un mensaje, pedir ayuda, decidir algo— se vuelven amenazas.
La diferencia central está en el tono:
- Una impulsa, la otra paraliza.
- Una te enseña, la otra te castiga.
- Una te cuida, la otra te reduce.
Señales de que tu voz interna se ha vuelto punitiva
Para reconocer esa voz interna punitiva, puedes fijarte en señales tan cotidianas como estas:
- No te perdonas los errores y te castigas por fallos mínimos.
- Te cuesta reconocer tus logros y no celebras tus avances.
- Sientes que lo que haces nunca es suficiente.
- Te comparas constantemente.
- Temes decepcionar a los demás.
Cómo se origina la voz crítica: trauma, apego y desaprobación temprana
Muchas personas llegan a consulta preguntándose: “¿por qué soy tan autoexigente?” o “¿de dónde viene mi voz crítica?”. Y la respuesta casi nunca está en el presente, sino en la historia emocional que aprendimos a construir desde pequeños.
La voz crítica suele nacer en la infancia, en la forma en que fuimos mirados, corregidos y valorados. Cuando un niño recibe mensajes duros, expectativas poco realistas o cariño condicionado, aprende que debe esforzarse más que nadie para ser querido. Poco a poco, esa exigencia externa se convierte en exigencia interna. Ya no hace falta que alguien lo diga: el juicio interior sigue funcionando solo.
También influyen los vínculos de apego. Si las figuras de referencia eran imprevisibles, excesivamente críticas o emocionalmente distantes, el niño desarrolla un sistema de alerta para evitar el rechazo. Esa estrategia fue una forma de protección, pero en la adultez puede convertirse en una presión constante.
Por último, el trauma —evidente o silencioso— moldea esta dinámica. Si fallar tuvo consecuencias dolorosas, es lógico que hoy tu mente intente protegerte anticipándose al error. Comprender el origen no justifica el sufrimiento, pero sí explica por qué tu mente aprendió a exigirse de esta manera.
Infancia y mensajes familiares internalizados
Durante la infancia absorbemos mensajes como si fueran verdades absolutas: “sé fuerte”, “no falles”, “no hagas el ridículo”, “si te esfuerzas más, te querrán más”. Cuando estas frases se repiten, el niño aprende que su valor depende de su rendimiento.
Las heridas de infancia no siempre se ven. A veces no hubo gritos ni castigos evidentes, pero sí expectativas imposibles o afecto condicionado. Si de pequeño sentiste que solo eras válido cuando lo hacías todo bien, es habitual que hoy aparezca una exigencia interna constante.
Esa voz no nació porque “tú fueras insuficiente”, sino porque intentabas adaptarte. Lo que fue una estrategia para conservar el amor puede convertirse en una autoexigencia que ya no necesitas. Y eso también se puede desaprender.
Trauma y vergüenza temprana
La vergüenza temprana aparece cuando un niño siente que hay algo en él que no está bien, como si siempre le faltara algo para ser suficiente. A veces basta una burla, una comparación o una mirada que invalida para dejar una huella profunda.
El trauma —sea visible o más silencioso— enseña al cerebro que equivocarse puede ser peligroso. Entonces aparece una forma de protección: la crítica interna. “Si no fallas, no te harán daño”, “si eres perfecto, no te rechazarán”.
Esa voz dura no nació para castigarte, sino para evitar que vuelvas a sufrir. Entender esto cambia la perspectiva: la exigencia no es tu enemiga, es un mecanismo de defensa que aprendió a sobrevivir. Y como todo mecanismo aprendido, puede transformarse.
Apego ansioso y necesidad de aprobación
Cuando crecemos con un apego ansioso, aparece un miedo intenso a perder el afecto de quienes queremos. De pequeños necesitamos seguridad y aprobación; si aprendemos que “portarnos bien” evita conflictos, el cuerpo se queda en alerta permanente.
En la adultez, esa alerta se traduce en un juicio interno exigente: “no falles”, “hazlo mejor”, “no molestes”. La necesidad de aprobación externa alimenta la autoexigencia interna.
La terapia ayuda a comprender que esa forma de control fue una estrategia de supervivencia emocional. No estabas haciendo algo mal; estabas intentando mantener el vínculo. Pero hoy puedes aprender nuevas formas de relacionarte contigo que no estén basadas en el miedo al rechazo.
Cómo la autocrítica perpetúa tu malestar emocional
Cuando la autocrítica es muy fuerte, no solo te habla mal: te cambia la forma de interpretar lo que vives. Es como llevar unas gafas que agrandan los fallos y empequeñecen todo lo que haces bien. Poco a poco, este filtro interno altera tu percepción de la realidad y afecta directamente a tu equilibrio emocional.
La relación entre autocrítica y ansiedad es más estrecha de lo que parece. Si tu mente lee cualquier error como un aviso de peligro, o incluso interpreta un simple descanso como una señal de que “estás flojeando”, tu cuerpo responde con tensión, alerta y cansancio. No porque estés en riesgo real, sino porque ese diálogo interno activa constantemente el sistema de amenaza.
Además, uno de los efectos del perfeccionismo es mantenerte en un estado de vigilancia continua: miedo a decepcionar, a fracasar, a no estar a la altura. Esta presión sostenida frena la toma de decisiones, alimenta la procrastinación y hace que pospongas oportunidades por temor a equivocarte.
La salida pasa por entender que tu voz interna no es un enemigo, sino un sistema que aprendió a protegerte. Y como cualquier sistema aprendido, puede reeducarse. No es cuestión de fuerza de voluntad, sino de construir una forma distinta de relacionarte contigo: más realista, más humana y más compasiva.
Efectos emocionales
La autocrítica sostenida genera un clima emocional tenso y actúa como una especie de lupa que solo enfoca lo negativo.
- La ansiedad aparece porque sientes que “nunca llegas” y has de hacerlo todo perfecto.
- La inseguridad, porque tienes una sensación constante de “no soy suficiente” porque tu mente repite este mensaje una y otra vez.
- La culpa surge cuando intentas descansar.
- El miedo al fracaso se vuelve un compañero silencioso que condiciona tus decisiones.
Con el tiempo, estas emociones se vuelven automáticas. No necesitas fallar para sentirte mal; basta con pensarlo. Por eso la transformación empieza por reconocer cómo te hablas y querer modificarlo.
Efectos conductuales
La autocrítica intensa conduce a comportamientos que mantienen el malestar.
- Uno de los más frecuentes es la procrastinación: cuando temes fallar, aplazas tareas para evitar el juicio.
- Evitas hacer las cosas y necesitas tenerlo todo bajo control.
- También aparece la rigidez: necesitas hacerlo perfecto, revisas todo una y otra vez para evitar fallos y eso te impide disfrutar, improvisar o descansar.
- La autoexigencia extrema lleva a sobrecargar agendas y a decir “sí” incluso cuando no puedes más.
- A nivel cotidiano, esto se traduce en cansancio físico, dificultad para parar y sensación de vivir con un peso en la espalda.
Cambiar estos patrones requiere suavizar la voz que los origina, no obligarte a hacer más.
Efectos en la relación con los demás
La autocrítica también afecta los vínculos. Cuando sientes que no eres suficiente:
- Buscas aprobación externa para compensar tu inseguridad. Esto puede llevarte a sobreesforzarte, complacer en exceso o evitar conflictos por miedo a decepcionar.
- Tienes dificultad para recibir afecto: cuando la voz interna dice que “no mereces tanto”, cuesta creer el cariño que te dan.
- Tu exigencia personal se proyecta a veces hacia fuera: esperas de los demás lo mismo que te pides a ti.
- Evitas poner límites porque temes que un “no” arruine la relación.
Cambiar la voz interna transforma la forma de relacionarte: más autenticidad, menos miedo.
Qué es la autocompasión y por qué no es indulgencia
La autocompasión no tiene nada que ver con rendirse, conformarse o dejarse llevar. Es una forma madura y honesta de responsabilidad emocional: es tratarte a ti misma como tratarías a alguien a quien quieres.
Muchas personas confunden autocompasión con “permitirse todo”, e incluso piensan que tratarse con amabilidad les hará débiles, pero es justo lo contrario.
No se trata de evitar el esfuerzo, sino de dejar de castigarte para poder avanzar sin miedo.
Practicar autocompasión implica reconocer que eres humana: aprendes, te equivocas y te levantas. La voz interna se hace más amable y te acompaña sin juzgarte. No te dice “no pasa nada, olvida todo”, sino “esto duele, pero puedes con ello sin destruirte por dentro”.
Cuando eres compasiva contigo misma, sigues siendo responsable de tus actos, pero de una forma más sana. No necesitas gritarte ni hablarte mal para mejorar. De hecho, la evidencia muestra que la autocompasión aumenta la motivación, no la disminuye.
No es indulgencia: es tratarte con el mismo cariño y respeto que ofreces a los demás, es decirte que tus fallos no te quitan valor sino que te permiten avanzar.
¿Qué significa realmente tratarse con amabilidad?
Como te he explicado anteriormente, tratarte con amabilidad significa hablarte con el mismo cariño y respeto que hablarías a alguien que quieres. No se trata de minimizar lo que te pasa, sino de acompañarte en las dificultades.
A veces basta con frases sencillas:
- Lo estás haciendo lo mejor que puedes
- Esto duele, pero estás aquí
- No tienes que poder con todo a la vez
La amabilidad no borra los límites ni la responsabilidad; los hace sostenibles. Cuando suavizas tu tono interno, tu cuerpo se relaja y la mente deja de estar en alerta constante. Empiezas a darte permiso para descansar, aprender y seguir avanzando sin tanta culpa.
Compasión como sistema de seguridad interna
La compasión funciona como un sistema de seguridad interna. Según el enfoque de Paul Gilbert, nuestro cerebro tiene un circuito de amenaza y uno de calma.
La autocrítica activa la amenaza y la compasión activa la calma. Cuando tienes una voz compasiva contigo misma, tu sistema nervioso siente que no corre peligro y esto permite que el cuerpo esté relajado, la mente se abra y actúes con más claridad.
Para entendernos, es como construir un refugio dentro de ti: uno al que puedes volver cuando la exigencia te sobrepasa, en el que puedes vivir sin miedo y con tranquilidad.
Cómo pasar del juicio a la comprensión: técnicas para reeducar tu diálogo interno
Cambiar tu diálogo interno implica hacer un proceso de reeducación interna. A continuación te doy unas pautas para que puedas ponerlo en práctica:
- Fíjate en cómo te hablas, sin intentar corregirte todavía. Solo observa.
- Separa tu identidad de tu voz crítica: no eres esa parte que te juzga; es un mecanismo aprendido que aprendiste para protegerte, pero que puedes desaprender.
- Ofrécete una respuesta alternativa. No hace falta que sea perfecta; basta con que sea un poco más amable. En lugar de “soy un desastre”, prueba con “estoy haciendo lo que puedo en un momento difícil”. Esa pequeña variación cambia el cuerpo, la emoción y la forma de afrontar lo que te preocupa.
Este camino no busca eliminar la crítica, sino convertirla en una voz más equilibrada. La comprensión no llega cuando ignoras tu dolor, sino cuando lo sostienes sin castigarte por sentirlo.
Observar sin juzgar
Observar sin juzgar significa escuchar qué te dices y cómo te lo dices.
Es darte cuenta de que estás pensando “soy un desastre” y, en lugar de discutirlo, decirte: “Está apareciendo esta idea”, sin castigarte por ello.
La atención plena te propone una técnica sencilla: notar lo que aparece (“estoy pensando que…”, “me estoy diciendo que…”) y dejar un espacio antes de responderte.
De esta manera se crea espacio donde la crítica deja de ser un mandato y se convierte en un pensamiento pasajero y se reduce la intensidad emocional que lo acompañan
Cuando miras lo que sientes y piensas, desde la distancia y sin atacarte, empiezas a relacionarte contigo desde la calma.
Nombrar al crítico interno como una parte, no como una verdad
Cuando nombras al crítico interno como una parte, no como tu esencia, recuperas el control. Para ello te propongo que hagas el siguiente ejercicio: puedes decirte: “mi parte crítica está hablando”, en lugar de “soy un desastre”.
La forma de hablarte cambia totalmente tu percepción: te separa del juicio y te permite verlo con más objetividad. Esta parte crítica suele intentar protegerte del rechazo o del error, pero el problema es que a veces falla, aunque su intención no sea hacerte daño.
Cuando la reconoces como una parte, puedes dialogar con ella en lugar de obedecerla.
Cultivar la voz compasiva con gestos y palabras
Cultivar una voz compasiva empieza con pequeñas cosas: bajar el ritmo, darte un descanso consciente, escribirte o decirte palabras amables de este tipo: “esto es difícil, pero estoy conmigo” o “no necesito castigarme para aprender”.
En nuestro centro de psicología en Granollers te acompañamos en este proceso para transformar la exigencia en comprensión y te enseñamos a crear un espacio interno seguro desde el que vivir.
Ejemplo clínico: reconocer la crítica sin fusionarse con ella
Clara llegó a terapia agotada. Sentía que cualquier pequeño fallo confirmaba que “no servía para nada”. Vivía pendiente de hacerlo todo perfecto, como si equivocarse fuera un peligro. Durante las sesiones empezamos a observar esa voz crítica con curiosidad.
A medida que avanzaba el proceso, descubrimos que, en el fondo, esta voz crítica intentaba protegerla: había aprendido a anticipar el rechazo porque creía que de esta manera le dolería menos.
Con el tiempo, Clara entendió que esa voz no era una verdad absoluta, sino una parte de ella que estaba siempre alerta.
Un día, después de un conflicto en el trabajo, pudo decirse: “Mi voz crítica está hablando, pero no tiene toda la razón”.
Esa frase sencilla cambió su manera de vivir los errores.
- Ya no se hundía tanto cuando algo salía mal.
- Aprendió a escucharse con más calma y a responderse desde el respeto, no desde el castigo.
- Su diálogo interno se volvió más amable.
Aunque la autocrítica seguía ahí, se había hecho más débil y había perdido el poder de dirigir su vida. Clara descubrió que podía mejorar sin exigirse tanto, y que el respeto propio también se entrena.
Qué se trabaja en terapia cuando la autocrítica domina tu vida
Cuando la autocrítica domina tu vida, la terapia se convierte en un espacio seguro que te ayuda a entender de dónde viene esa voz y cómo puedes regularla. A continuación te explico cómo funciona el proceso:
- Identificar cómo funciona: cuándo aparece, cómo te habla, qué activa en tu cuerpo y de qué emociones se acompaña. Entender que no es “tu esencia”, sino una parte de ti que has aprendido cambia la forma en que la vivimos y ayuda a cambiarla.
- Explorar de dónde puede venir esa voz: experiencias de infancia, expectativas familiares, necesidad de aprobación. Comprender esto es muy importante para que dejes de castigarte y empieces a tratarte con el respeto que mereces.
- Reestructuración del diálogo interno: no es repetir frases bonitas, sino aprender a hablarte sin hacerte daño, de forma más calmada, más realista y más sensible.
- Regulación emocional con técnicas de respiración, pausas, escritura compasiva y anclajes corporales para bajar el nivel de alerta.
- Refuerzo de la autocompasión: reconocer que eres humana, entender tus límites sin juzgarte y sostener tu propio malestar en lugar de castigarte por sentirlo.
No se trata de eliminar la crítica, sino de enseñarte a convivir con ella.
Obstáculos y errores comunes al intentar cambiar tu voz interna
Cambiar nuestra voz interior es un proceso que requiere constancia y paciencia, y esto suele acarrear desesperanza y hacer que se cometan los errores que te explicaré a continuación:
Uno de los más comunes y que suele desesperar mucho a las personas es buscar hacerlo perfecto: pretender ser amable “sin fallar nunca”. Esto hace que haya personas que decidan abandonar el proceso ante cualquier tropiezo porque perciben que “no sirve de nada”, generándoles un sentimiento de culpabilidad.
Otros obstáculos frecuentes son el compararse con los demás, confundir autocompasión con debilidad, sentirse culpable por descansar, abandonar el proceso ante el primer obstáculo y usar el cambio interno como una nueva forma de exigencia.
Una vez explicado esto, te doy unas estrategias para que trabajar este dialogo interno que te daña y de esta manera puedas gozar de una vida plena y satisfactoria:
- Márcate objetivos pequeños y felicítate cuando los consigas.
- Coge una libreta y anota tus avances para que puedas leerlos cuando sientas que no avanzas.
- Normaliza que la crítica aparezca y que esto no es un paso atrás.
- Busca ayuda profesional si te cuesta sostener el proceso.
Recuerda que la amabilidad interna también se aprende.
Preguntas frecuentes sobre autocrítica y autocompasión
Cuando empiezas a escuchar tu voz interna con atención, aparecen preguntas que antes pasaban desapercibidas. No solo dudas sobre lo que sientes, sino sobre quién eres y cómo te relacionas contigo.
Es habitual preguntarse: ¿por qué me hablo así?, ¿sirve de algo tratarme con más amabilidad?, ¿y si dejo de exigirme, pierdo motivación?
Este proceso puede generar confusión, porque estás aprendiendo una forma diferente de entenderte. Muchas personas creen que si bajan la autoexigencia, se volverán conformistas, pero la evidencia psicológica muestra lo contrario: cuando nos tratamos con respeto, disminuye la ansiedad y aumenta la constancia.
En este apartado encontrarás respuestas claras y humanas para comprender mejor cómo funciona tu autocrítica y cómo empezar a suavizarla sin perder responsabilidad.
¿Cómo sé si mi autocrítica es destructiva?
Una forma sencilla de identificarlo es observar el efecto que tiene en ti. Pregúntate:
- ¿Te impulsa a mejorar o te bloquea?
- ¿Aprendes del error o te quedas atrapada en la culpa?
- ¿Te anima a intentarlo de nuevo o te hace sentir pequeña?
La autocrítica saludable orienta y señala áreas de mejora. La destructiva, en cambio, genera ansiedad, vergüenza o miedo a actuar.
También puedes fijarte en el tono. Suele ser duro, imperativo o humillante. Si no le hablarías así a alguien a quien quieres, probablemente esa voz interna necesita transformarse.
Cuando el diálogo interno paraliza más de lo que enseña, deja de ser guía y se convierte en castigo.
¿La autocompasión me hará conformista o débil?
No. La autocompasión no es permisividad ni falta de ambición. Es una forma más sana de motivarte.
Cuando te tratas con dureza, funcionas desde el miedo al error. Cuando te tratas con respeto, actúas desde la responsabilidad. Y la responsabilidad sostenida es más estable que la presión.
Los estudios muestran que las personas que practican autocompasión:
- Persisten más en sus objetivos
- Toleran mejor los fallos
- Se recuperan antes de los errores
La exigencia extrema puede parecer fuerza, pero en realidad suele generar agotamiento. La dureza constante no fortalece: desgasta.
Ser amable contigo no te hace débil; te hace más estable emocionalmente.
¿Se puede cambiar la voz crítica sin terapia?
Depende de lo que haya detrás.
Si la autocrítica se ha desarrollado por hábitos de pensamiento recientes, algunas herramientas como la escritura reflexiva, la atención plena o el cambio de diálogo interno pueden ayudarte a empezar.
Sin embargo, cuando esa crítica está ligada a heridas de infancia, trauma o apego inseguro, el proceso suele ser más complejo. En estos casos, sostener el cambio sin acompañamiento puede resultar difícil.
La terapia no elimina la voz crítica de golpe, pero sí ofrece un espacio seguro para:
- Identificar su origen
- Regular las emociones asociadas
- Construir una voz interna más equilibrada
No siempre es imprescindible, pero sí facilita un cambio más profundo y estable.
¿Qué pasa si siento vergüenza al tratarme con amabilidad?
Es más común de lo que parece.
Si creciste en un entorno donde la exigencia era la norma, hablarte con cariño puede resultar incómodo o incluso “peligroso”. Tu mente aprendió que la dureza era la forma de avanzar y ahora interpreta la amabilidad como una amenaza a tu rendimiento.
Esa vergüenza no significa que estés haciendo algo mal. Significa que estás saliendo de un patrón antiguo.
La clave es avanzar despacio. No forzar un tono artificialmente positivo, sino introducir pequeños gestos de respeto hacia ti.
Con la práctica, lo que hoy parece extraño empieza a sentirse natural. La amabilidad deja de dar miedo cuando tu sistema nervioso entiende que no hay peligro en tratarte bien.
Aprender a ser tu propio aliado
Aprender a ser tu propio aliado es un proceso que implica cambiar el lugar desde el que te hablas, respetar tus ritmos y entender que mereces el mismo trato que tu ofreces a la gente que quieres.
No se trata de eliminar tu parte crítica; solo de enseñarle a hablar con más justicia, a base de práctica, paciencia y pequeños gestos cotidianos.
Un respiro consciente. Una frase más suave. Un permiso para descansar sin culpa. Cada vez que eliges cuidarte, estás reescribiendo tu historia emocional.
Con el tiempo, empiezas a notar que algo cambia: ya no te hablas desde el castigo, sino desde la orientación; ya no te exiges ser perfecta; ya no te comparas con tanta dureza.
Esta práctica te enseña que cuidarte no es un premio, sino una necesidad que mereces. Y en ese aprendizaje surge una sensación nueva: la de estar de tu lado. No se trata de justificarlo todo, sino de acompañarte incluso cuando te equivocas. Ahí es donde nace una relación más honesta y más estable contigo.

Colegiada 20921
• Licenciada en psicología en Universidad de Barcelona.
• Master en Terapia Cognitivo-social. Especialización en Infancia y Adultos en Universidad de Barcelona.
• Postgrado en atención temprana y psicomotricidad en la Universidad de Nebrija.
• Especialización en TREC (Terapia Racional Emotiva).
• Especialización en Terapia Breve Estratégica (TBE).
• Especialización en terapia de pareja por la Universidad de Barcelona y centro Dendros.
• Terapeuta de adultos, infantil y pareja.





